A finales de invierno apareció una chica obesa en mi casa. Al principio me pidió usar el teléfono para anular un pedido de cosméticos, luego quiso usar el lavabo y finalmente hubo de quedarse a cenar conmigo. Terminó en un tiempo récord con todas mis provisiones de comida y no contenta con ello me pidió que por favor fuera a comprar más. No tuve más remedio que aceptarla en mi casa dado que se trataba de una situación especial: la mafia italiana había quemado su hogar y asesinado a su familia mientras ella estaba estudiando antropología en una universidad nocturna. La vida en soledad con una chica obesa trascurrió con la excentricidad esperable de tal situación. Parecía como que mi casa había encogido, quizá porque ella se había comido algunos de los rincones en un ataque de impulsividad femenina. A veces yo llegaba a casa después de una dura jornada laboral, tropezaba tras abrir la puerta y me enfadaba mucho con la chica obesa porque ya le había dicho cien veces que por favor no se quedara dormida en el suelo del pasillo, que las camas y los sofás tenían la función específica de ordenar a bultos humanos pesados y grandes como ella. En ocasiones incluso la hice rodar por el pasillo a modo de pelota humana hasta que el espacio libre fue suficiente para poder quitarme los zapatos y dejar mi abrigo de forma cómoda. Un día sonó el teléfono y tuve que cogerlo. Me habló una voz grave con acento inglés que afirmó haber estado buscándome por todas partes. Me explicó una historia extraña y compleja, una conspiración de la cual él debía informar a las autoridades rusas y para lo cual mi ayuda le resultaba del todo imprescindible. Me advirtió que durante los siguientes días aparecerían ingleses y escoceses llamando a mi timbre y pidiendo un lugar donde dormir. Que debía acogerles y facilitarles todo lo que me pidieran y que sólo al final de la trama descubriría la verdad. Al cabo de unos días efectivamente mi casa estaba llena de ingleses y escoceses. Bebían y reían, cantaban y bailaban. La chica obesa les preparaba la comida, se la comía ella antes de servirla y esperaba a que estuvieran todos muy ebrios para poder elegir con quien irse a mi cama. Yo esperaba crispado en el baño a que todo pasara, leía una novela de Kafka y atendía con el teléfono móvil cualquier injerencia laboral o social. Los vecinos enfadados golpeaban la pared día y noche y yo me acostumbré a llevar tapones para poder concentrarme en otros menesteres.
Habían pasado meses desde que mi vida transcurría en una habitación de cinco metros cuadrados llena de grifos. Primero algunas humedades y luego muchas goteras amenazaron la estabilidad de mi vida solitaria en el baño así que no tuve más remedio que salir de él. Al abrir la puerta un extraño silencio empañó mis húmedos oídos. La chica obesa había dejado una nota en la mesa de la cocina asegurando que ya se había ido, que se iba a Suiza a hacer un máster de prevención de riesgos laborales y que muchas gracias por todo. En el comedor encontré cadáveres de ingleses y escoceses que parecían haber peleado duramente entre sí. Todas mis jarras de cerveza estaban rotas menos una. Ésta la sostenía ahora un chaval japonés con gabardina y gafas de adulto que me miró y expulsó una ráfaga de humo en mi cara mientras me preguntaba si sabía algo del asunto Newman. En ese momento entró mi mejor amigo por la puerta y el chaval desapareció de forma misteriosa. Le conté todo lo ocurrido a mi amigo y éste me invitó a tomar unas cervezas. “Sé que han sido unos meses duros para tí”, comentó. Yo tomé un par o tres de tragos y el silencio me molestó. Hacía tiempo que los silencios me molestaban y que no sabía exactamente lo que decir en casi ningún momento. Cuando eso pasaba, comentaba las ventajas de la vida en soledad y recordaba a quien me estuviera escuchando lo bien que se me había dado prescindir de una buena aunque innecesaria compañía. Y que además había sido muy fácil. “Te noto cambiado”, añadió.
Al despedirme de mi amigo sentí que, efectivamente, algo había cambiado. Me puse a correr durante horas tratando de elevarme lo máximo posible con el fin último de poder levitar. Cuando ya hube traspasado la frontera de mi ciudad seguí corriendo hasta la playa más cercana. Por el camino un americano vestido de vaquero trató de pararme para pedirme que le llevara hasta el Ford más cercano. Se llamaba Newman y había perdido a su mejor caballo. Llegué a la playa y al ver que todavía no me había elevado salté sobre el mar con el único fin de no hundirme. Continué corriendo por encima del mar y sólo me detuve ante una pequeña isla de cinco metros cuadrados. Sobre ella había una palmera y una mujer lapona. Ella me dijo: “La soledad consiste en olvidar a las personas”.
Y remarcó que a todas, sin excepción.