Y además fue muy fácil

En el primer día de soledad me acompañó una bicicleta que gruñía y una ciudad familiar y novedosa. Los rincones de una historia revelada cambiaban de aspecto ante mi visita forzada, contándome lo que siempre me habían contado y nunca antes había oído. Tomé unas fotografías y compré un libro: “Ser feliz en soledad es fácil si sabes cómo”. La lectura de este libro me fue de gran ayuda, especialmente el capítulo que establecía las ventajas de la vida en pareja ante una página en blanco. Después de dos meses me convertí en un ser ejemplar. Durante todas las reuniones sociales a las que asistía se comentaba en tono excepcional que había dejado la vida en pareja y que no había tenido ni el menor atisbo de nostalgia ni añoranza desde entonces. Se remarcaba que mi relación de pareja era muy intensa y pasional, a modo de dificultad añadida. Si la ocasión lo permitía incluso se decía que mi casa estaba más limpia y ordenada que antes y que mi rendimiento laboral y artístico había mejorado. La gente me miraba con admiración y en algunos momentos se creaba un silencio, como si se esperara algún comentario de mi parte. Entonces yo, algo molesto y sin saber muy bien qué decir, añadía: “Pues sí, y además fue muy fácil”.

A finales de invierno apareció una chica obesa en mi casa. Al principio me pidió usar el teléfono para anular un pedido de cosméticos, luego quiso usar el lavabo y finalmente hubo de quedarse a cenar conmigo. Terminó en un tiempo récord con todas mis provisiones de comida y no contenta con ello me pidió que por favor fuera a comprar más. No tuve más remedio que aceptarla en mi casa dado que se trataba de una situación especial: la mafia italiana había quemado su hogar y asesinado a su familia mientras ella estaba estudiando antropología en una universidad nocturna. La vida en soledad con una chica obesa trascurrió con la excentricidad esperable de tal situación. Parecía como que mi casa había encogido, quizá porque ella se había comido algunos de los rincones en un ataque de impulsividad femenina. A veces yo llegaba a casa después de una dura jornada laboral, tropezaba tras abrir la puerta y me enfadaba mucho con la chica obesa porque ya le había dicho cien veces que por favor no se quedara dormida en el suelo del pasillo, que las camas y los sofás tenían la función específica de ordenar a bultos humanos pesados y grandes como ella. En ocasiones incluso la hice rodar por el pasillo a modo de pelota humana hasta que el espacio libre fue suficiente para poder quitarme los zapatos y dejar mi abrigo de forma cómoda. Un día sonó el teléfono y tuve que cogerlo. Me habló una voz grave con acento inglés que afirmó haber estado buscándome por todas partes. Me explicó una historia extraña y compleja, una conspiración de la cual él debía informar a las autoridades rusas y para lo cual mi ayuda le resultaba del todo imprescindible. Me advirtió que durante los siguientes días aparecerían ingleses y escoceses llamando a mi timbre y pidiendo un lugar donde dormir. Que debía acogerles y facilitarles todo lo que me pidieran y que sólo al final de la trama descubriría la verdad. Al cabo de unos días efectivamente mi casa estaba llena de ingleses y escoceses. Bebían y reían, cantaban y bailaban. La chica obesa les preparaba la comida, se la comía ella antes de servirla y esperaba a que estuvieran todos muy ebrios para poder elegir con quien irse a mi cama. Yo esperaba crispado en el baño a que todo pasara, leía una novela de Kafka y atendía con el teléfono móvil cualquier injerencia laboral o social. Los vecinos enfadados golpeaban la pared día y noche y yo me acostumbré a llevar tapones para poder concentrarme en otros menesteres.

Habían pasado meses desde que mi vida transcurría en una habitación de cinco metros cuadrados llena de grifos. Primero algunas humedades y luego muchas goteras amenazaron la estabilidad de mi vida solitaria en el baño así que no tuve más remedio que salir de él. Al abrir la puerta un extraño silencio empañó mis húmedos oídos. La chica obesa había dejado una nota en la mesa de la cocina asegurando que ya se había ido, que se iba a Suiza a hacer un máster de prevención de riesgos laborales y que muchas gracias por todo. En el comedor encontré cadáveres de ingleses y escoceses que parecían haber peleado duramente entre sí. Todas mis jarras de cerveza estaban rotas menos una. Ésta la sostenía ahora un chaval japonés con gabardina y gafas de adulto que me miró y expulsó una ráfaga de humo en mi cara mientras me preguntaba si sabía algo del asunto Newman. En ese momento entró mi mejor amigo por la puerta y el chaval desapareció de forma misteriosa. Le conté todo lo ocurrido a mi amigo y éste me invitó a tomar unas cervezas. “Sé que han sido unos meses duros para tí”, comentó. Yo tomé un par o tres de tragos y el silencio me molestó. Hacía tiempo que los silencios me molestaban y que no sabía exactamente lo que decir en casi ningún momento. Cuando eso pasaba, comentaba las ventajas de la vida en soledad y recordaba a quien me estuviera escuchando lo bien que se me había dado prescindir de una buena aunque innecesaria compañía. Y que además había sido muy fácil. “Te noto cambiado”, añadió.

Al despedirme de mi amigo sentí que, efectivamente, algo había cambiado. Me puse a correr durante horas tratando de elevarme lo máximo posible con el fin último de poder levitar. Cuando ya hube traspasado la frontera de mi ciudad seguí corriendo hasta la playa más cercana. Por el camino un americano vestido de vaquero trató de pararme para pedirme que le llevara hasta el Ford más cercano. Se llamaba Newman y había perdido a su mejor caballo. Llegué a la playa y al ver que todavía no me había elevado salté sobre el mar con el único fin de no hundirme. Continué corriendo por encima del mar y sólo me detuve ante una pequeña isla de cinco metros cuadrados. Sobre ella había una palmera y una mujer lapona. Ella me dijo: “La soledad consiste en olvidar a las personas”.

Y remarcó que a todas, sin excepción.

La cruel aleatoriedad

I: “Dar la cara”

De repente el mundo se vuelve raro. Yo sigo en el mismo sitio caminando a la misma velocidad hacia el mismo lugar pero por alguna razón que desconozco, el mundo se ha vuelto extrañamente raro. Parecería que los viejos muros urbanos se han llenado de más vida que la que sus estampados dibujos revolucionarios les proporcionaran. Ahora hasta hablan y se dirigen a mí, advirtiéndome de que una ráfaga de viento demasiado fuerte les destrozaría por completo, arrollando incluso a algún ser humano que pasara por ahí. Tal crueldad me desconcierta y me pregunto si acaso es el Diablo y no Dios el que juega a los dados.

“¡Maldito sea el día en que el mundo, además de cruel, se volvió extraño!” – grito al azar del viento apresurado. Entonces una rata que ya iba a introducirse en las profundidades del subsuelo me mira y contesta a mi proclama: “¡Zafio humano! ¡Peor es ser rata y sufrir cada vez que quiero resguardarme en el alcantarillado la incertidumbre de no saber si un vil pié me pisará la cola y aguardará un tiempo aleatorio a que sufra la incomodidad de ser humillada por una especie superior!”. Efectivamente, lo triste y lo incierto se encuentra en todas partes como muy bien había señalado mi peluda amiga.

Al cruzar la esquina para seguir dirigéndome a mi certero destino me encuentro con un hombre que, a pesar de caminar tan certeramente como yo, presenta la inusual ausencia de un elemento fundamental de la anatomía humana: la cara. “Es cierto que ya no tengo cara” – me dice. “Sabrá que hay un momento clave en la vida en que uno, finalmente y sin más excusa, tiene que dar la cara”. “También es cierto que la vida sin cara no supone una incomodidad grave, ya que en el mundo moderno casi nadie mira a la cara”. “Usted lo hizo, y por eso notó que me faltaba la cara”. “Entonces yo le conté que en la vida, tarde o temprano, hay que dar la cara”.

II: “El autobús”

Hay momentos en esta vida en que uno quiere ser pionero de algo. ¡Quién sabe si acaso son nuestros más primarios instintos los que nos hacen desear coger cualquier utensilio para romper cualquier cosa! Los nervios me absorben mientras espero en soledad a que venga el autobús que me llevará por la ruta planeada. Cuanto más nervioso estoy, más tiemblo y más vueltas doy sobre mí mismo, hasta llegar al punto en que realmente no se podría distinguir a una peonza grande de mí. “Lo que más odias no es que no venga el autobús, sino el hecho de no saber a ciencia cierta cuando vendrá” – me dice el conductor del autobús que ya había llegado.

Y del autobús sale una señora mayor que apenas cabía dentro. Lleva una falda de flores, le cuelgan joyas brillantes, viste jersey de punto, y apenas alcanzo a verle la cabeza. “Hay señoras como yo que no llevan bien la edad. No saben aguantar el crecimiento. Yo siempre he tenido una actitud positiva hacia la vida, por eso cada día soy mayor que ellas. Pronto seré tan grande que ya no cabré en este mundo y mi presencia será tan invasiva que deberé abandonarlo”. Y concluye: “Para la familia, la gente mayor es una carga”. Y en su caso ésto era bien cierto.

De repente el mundo se vuelve raro y la narración parece volver a su comienzo. El conductor sale del autobús para fumar un cigarrillo y yo imagino que me apodero del vehículo. El giro narrativo consiste en conducir durante el camino de vuelta, y como es un camino de vuelta, llevaré el autobús siempre marcha atrás. Arranco el autobús, pongo la marcha atrás y acelero. A mi lado hay ahora una chica que me habla: “Soy la Estadística pura. Debo decirte que según mi propia persona estás corriendo un riesgo muy alto de sufrir algún tipo de accidente y lastimar a los pasajeros de tu autobús”. Me sigue hablando y me habla de probabilidades y cifras mientras yo intento no chocar contra ningún contenedor. En la calle brilla el Sol y se oyen gritos inusuales despertando árboles caídos que prácticamente habían renunciado a la existencia monónotona en un ambiente tan aburridamente contaminado. Al lado de Estadística pura se suma ahora otra señora que comienza un discurso paralelo: “Soy la Razón y sólo vengo a repetirte que te estás equivocando una y otra vez hasta que vuelvas a hacer algo razonable con tu vida”.

III: “El Elemento Cuántico”

Tras la Razón aguarda el Subconsciente Freudiano que me susurra constantemente: “Estás conduciendo marcha atrás debido a que tu sexo está reprimido”. Y trás él, está el Elemento Cuántico para explicarme que existen más posibilidades de que el autobús se evapore esporádicamente que de la creación de un agujero negro en un acelerador de partículas. La marcha atrás es la que tiene más potencia de un vehículo, es por eso que el autobús pudo subir la rampa de lo imposible y tras dar una vuelta entera, se evaporó.

Microrelato sobre jazz y economía que acontece en el edificio más alto del mundo

El atardecer en el edificio más alto del mundo parecía no tener fin. Llevaban ya más de un año reunidos y todavía no habían conseguido vender el producto. De esa habitación no saldría ninguno de ellos hasta que todos hubieran vendido el producto, y sólo ellos podían comprarlo. Cada comerciante quería sacar beneficio de la operación, y así la reunión se alargaba indefinidamente.

- Es un sinsentido: los tres están mirando el producto esperando a que alguno de ellos quiera comprarlo. – decía alguien en el bar de la penúltima planta. Éste hospedaba una jam session de jazz famosa. Músicos de todo el mundo asistían a ella para hablar con su instrumento de lo que habían estado estudiando en los últimos meses. Siempre había música sonando, y ya nadie recordaba qué tema se estaba interpretando. Sonaba un blues en Fa tipo Billie’s bounce, pero bien podría haber comenzado siendo un calypso o cualquier otro estilo. En el escenario había llegado a haber hasta treinta saxofonistas tocando simultáneamente que llevaban tapones en los oídos para escuchar sólo lo que ellos mismos tocaban. A menudo los músicos se retaban y podían pasar días enteros alternando frases de cuatro compases. Nadie podía juzgar el enfrentamiento: algún aficionado nocturno diría que el chico de gafas estaba tocando con más precisión mientras que la señora del mediodía opinaba que el hombre de pelo corto tocaba con más frescura. Ambas frases estaban registradas en la carta de “comentarios musicales estereotipados” que se encontraba disponible en cada mesa y que resultaba de extrema utilidad para empezar una conversación.

Una vez asistió a la jam session el mejor pianista del mundo. Era capaz de tocar cualquier cosa. Alguna vez le habían colocado un dibujo delante suyo y lo había interpretado con absoluta perfección y maestría.
- Todo lo que toca y tocará está escrito y se puede consultar en la biblioteca subterránea de improvisaciones – dijo un anciano. Entonces un estudiante bajó apresurado a la biblioteca con la genial ideal de consultar su último solo de jazz. Su sorpresa fue mayúscula: “¡Es lo mismo que acabo de improvisar en la jam session!” – y fue entonces cuando un funcionario le clavó un bolígrafo en la espalda y murió en el acto.

En el edificio más alto del mundo había gente que siempre se comunicaba por teléfono móvil.
- ¿Has oído lo del estudiante?
- Es increíble.
- Sí. ¿Nos vemos?
- Vale. ¿Bajas?
- Sí.
- Yo voy subiendo.
Pero no se encontraban y cuando uno estaba arriba y el otro abajo se volvían a llamar.

El recepcionista del edificio más alto del mundo se había quedado sin trabajo. El edificio era ya tan alto que contenía a todo el mundo. Para no aburrirse demasiado, él mismo salía y volvía a entrar del edificio, tocaba el timbre y esperaba a atenderse él mismo. En ocasiones bebía de más y trataba de sacar a la fuerza a alguien del edificio. En uno de éstos arrebatos llegó hasta la última planta y quiso expulsar a los tres comerciantes. Pero al entrar en la habitación de reuniones se encontró con un mar de billetes que la inundaba. Alguno de ellos se había decidido a comprar el producto, ¡Pero ahora estaban atrapados en una espiral eterna de especulación! Cada uno lo adquiría para venderlo un poco más caro y así el producto incrementaba su precio hasta el infinito.

Todos los músicos de jazz estaban tocando al mismo tiempo. Ya no había público, tan sólo destrozo y estropicios. Las ondas y el peso del dinero pudieron con los fundamentos del edificio más alto del mundo, que se derrumbó entero.

El subconsciente

Cuando nos acerquemos a la estación ferroviaria el aire se volverá más caliente. Ya no dominaremos nuestras piernas: éstas se acelerarán para alcanzar la vía y evitar perder el tren adecuado. A partir de tal punto es posibe que sudemos y tengamos cierta incomidad si llevamos un maletín pesado. Podríamos entrar y volver a salir inmediatamente de la puerta principal pero por algún motivo no lo haremos. En el andén siempre aparecerá el mismo problema: de cien trenes sólo uno llevará al destino adecuado. Querremos interrogar a alguien joven, bien vestido y con gafas y lo único que veremos será un montón de ancianos que no encuentra su medicación. “¿Qué tren lleva al destino adecuado?”, y entonces una voz grabada anunciará la última salida del tren al destino adecuado por el andén número 7.

“¿Cómo es el tren que lleva al destino adecuado?”. Esa pregunta ya la quise plantear a mis compañeros de clase cuando era muy pequeño. En aquellos entonces el tiempo pasaba muy despacio. Podría narrar todo lo que sucedía, hasta lo más insignificante. Sacar punta a un lápiz pequeño, ir al baño, bajar las escaleras, abrir la puerta vieja, coger una piedra gris. Una vez tuve una idea disparatada y no nos dimos cuenta de que era un disparate hasta que se debatió durante dos semanas. “¿Cómo seré de mayor?”. Pero entonces aun no conocías la respuesta adecuada. Cuando seas mayor tendrás un montón de experiencias acumuladas que te impedirán narrar tu día a día con claridad y algún que otro trauma que continuamente romperá la espontaneidad de tus ideas.

Siempre quedo yo, el subconsciente. Me expongo a todas las experiencias de la vida como un carrete extremadamente sensible a la luz. Después las archivo y hago arte surrealista con ellas. A veces mi obra tiene sentido, la mayoría de las veces no, pero siempre sirve. Soy el gobierno en la sombra, sea quien sea quien presida. Se podría decir que soy vanidoso, traicionero y manipulador. Yo no sé lo que significa todo eso. Para mí esas palabras carecen de sentido.

“¿Por qué el andén número 7?”. “¿Me estaré equivocando?”. “¿Habré oído bien la voz?”. “¿Había una voz?”. “¿Me estaré volviendo loco?”.

Cuando cojamos el tren adecuado, tú y yo – tu subconsciente -, pensaremos que en los confines de la consciencia hay un pianista de jazz ciego que sonríe y chilla descontroladamente.

Sueño #1

El turista desconcertado acude a la recepción del hotel. Pide un taxi para visitar la Gran Muralla. En un lapso indeterminado de tiempo llega el taxista y recoge al turista. Quizá pasen a través de puentes con techo de franjas regulares, de esos que hacen que el Sol se apague y se encienda intermitentemente. Yo visualizo la escena por detrás, sentado en el pequeño asiento del medio y ligeramente inclinado hacia adelante para poder controlar la carretera. Turista y taxista la miran sin intercambiar palabra. La escena carece de música y sonido y probablemente sea en color.

Al llegar, el taxista aparca su coche en un lugar ligeramente apartado de la muchedumbre. Ahora sé que el taxista es un asesino y que su único fin es el de matar al turista. Por eso lo ha llevado a un lugar apartado: para que nadie le vea asesinar a un pobre turista desorientado. ‘Taxista’ gira su cabeza hacia la derecha y saca un cuchillo con la mano izquierda. ‘Turista’ sigue mirando al frente. Justo cuando el asesinato está a punto de culminarse, el taxista se vé forzado a esconder el cuchillo: alguien está vigilando la escena.

Desde fuera del taxi puedo ver como un intruso se ha acercado poco a poco hacia el taxi. El intruso lleva un cuchillo en la espalda y su único fin es el de matar al taxista. Justo cuando iba a abrir la puerta para matar al taxista, se ha visto forzado a abortar el plan porque en el taxi había un turista que hubiera presenciado el crimen. De ésta forma, y sin conclusión alguna, la escena termina abruptamente.

Entonces subí al tren y busqué el mejor sitio para sentarme, es decir, el único asiento de ventana que quedaba libre. A mi lado siempre había una chica desconocida y misteriosa que inmediatamente respondió a un pensamiento: “He dejado este sitio libre para ti, sabía que ibas a subir. Ahora seguiremos hablando y en un punto exacto del viaje aparecerá un perro que bailará y cantará con acento ruso.”, lo cual me pareció razonable y asentí, sin aportar nada más. Consulté mi reloj de mano y observé que en su pantalla aparecía una pregunta: “¿Has hecho el hecho?”, de modo que supe que iba a llegar tarde a la oficina y maldecí alternada y conjuntamente mi trabajo, la rutina, la realidad y la existencia en general.

Mi compañera de viaje quiso parar el tren, y así sucedió. Me ordenó que llamara al servicio secreto soviético a la vez que me entregó un teléfono antiguo para tal propósito. Cuando marqué cualquier número, me di cuenta de que al otro extremo de la línea también estaría yo, y que quizá no sabría preguntarme y responderme a mí mismo de forma coherente, así que el teléfono desapareció. En ese momento la chica misteriosa ya se encontraba lejos y me aconsejó que corriera, aunque por mucho que me esforzaba no conseguía avanzar más que algunos centímetros. Mientras esto sucedía, una voz vieja y punzante canturreaba la internacional, y empecé a sentir escalofríos. Delante de mí pude ver a la chica del tren subida en un escenario, y traté de concentrarme en su discurso: “Todo es un sueño. Es mi sueño. No teneis entidad propia porque vuestra existencia depende de mi subconsciente. Vuestros movimientos y actos están planeados y tienen el fin de satisfacer mi cerebro. Ahora uno de vosotros se sentirá mal porque querrá tener entidad propia”.

La plaza llena de gente murmurando, una revelación extraordinaria, un cohete espacial soviético en el cielo y un cuervo en mi ombro. Todo en perfecta sincronía y normalidad. Y sin embargo me sentí tan extraño que por un momento tuve ganas de llorar. En ese preciso instante apareció la mujer misteriosa y me abrazó; todo estaba planeado. Yo le confesé que no quería saber la verdad, que no me importaba la libertad y que lo único que quería era seguir con mi existencia pequeña y normal, a lo que ella no contestó.

Entonces seguí su dedo que apuntaba a un perro bailar y cantar con acento ruso, y probablemente desaparecí.

Verde

Siempre hemos estado en una habitación gris llena de gente, que es un vagón de metro vacío y un montacargas a la vez. En ella esperamos sentados como pacientes aturdidos, cada uno con su espacio de pared convenientemente asignado. A mi lado hay una chica misteriosa que me tiende la mano.
- Entonces, ¿Cuál es tu color favorito? – le pregunto.
- El verde.
- ¿Lo has visto alguna vez?
- No. – Tras lo cual giro la cabeza y veo a la persona que habla con ella, que por supuesto no soy yo.
Una vez hice un crucero y otra vez soñé que lo hacía. Caminando por un pasillo, combinado en mano, me di cuenta de que una composición mía estaba sonando. Un cuarteto de músicos interpretaba uno de los temas más personales que en realidad nunca hice y que por supuesto jamás publiqué. Sentí emoción y desconcierto en paralelo, y cuando me acerqué a pedir explicaciones me dí cuenta de que nadie podría escucharme.
La chica misteriosa aparecerá alguna que otra vez. En una de estas veces, yo iré caminando por la calle principal de mi pueblo y ella me acompañará hasta el principio del camino, donde nos saludaremos. Entonces nos daremos cuenta de que ya nos conocemos y pasaremos un buen tiempo recordando todo lo que nos unió. Al principio de la historia, ella quedará atrapada en una maleta que embarcará hacia un destino indeterminado, y yo observaré una secuencia de números escrita que deberé recordar.
- Lo menos importante que te puedo explicar ahora mismo es que un día estuve en una isla de un metro cuadrado observando una puesta de Sol eterna. – le dije a la chica misteriosa, a lo cual ella no contestó y me enseñó una linterna.
- Es para ver el color verde, – dijo – y no funciona. Pero funcionará pronto – añadió. La chica misteriosa encendió la linterna y la luz pasó a través de mi, recordándome que yo no existía, así que me despedí de ella: “Quiero que sepas que no existo”.
Una vez subí a un tren; en realidad tuve que subir a él cinco o seis veces más para asegurarme de que nunca me llevaría a ningún sitio. En el primer viaje dejé de existir, y en el último deseé darme cuenta de ello. A veces no llegué nunca al tren, y cuando lo hice me llevó a estaciones extrañas de nombres y alturas impronunciables, donde me encontré rodeado de pasajeros inexistentes que leían diarios antiguos. A veces el tren apareció enmedio de un descampado verde, sin avisar, travesando mi cuerpo inexistente.
Siempre habremos estado en una habitación blanca vacía de gente, que será un refugio espiritual y nuclear a la vez. En ella estaremos de pie sin esperar nada en concreto, cada uno con su porción infinita de espacio-tiempo convenientemente asignada. Delante de mí habrá una chica misteriosa que sonreirá y se iluminará.
- Tú eres verde – le diré, a lo que ella no contestará, probablemente emocionada. Entonces convertiré una secuencia de números conocida en canción y le pondré un título existente; será mi primera composición.
Hoy he viajado hacia Londres en parapente y me he visto reflejado en altísimos edificios futuristas perfectamente iluminados.

De rabia y leche

El camarero puso un precio arbitrario al producto y por lo tanto se merecía un buen puñetazo en la cara. Al darlo el aire frenó tanto mi movimiento que apenas logré rozar su rostro. Tras lo cual se desprendieron los dientes criminales y la cara mellada afirmó: “La rabia es un vómito persistente que empeora al beber leche”. En ese momento desperté sobresaltado y rodeado de mariachis alienígenas que tocaban y cantaban polcas en amplificación de válvulas. Tiritando y sudando traté de tapar mi rabia con una sábana del tamaño de un calcetín de hámster, momento en el cual un ogro alegre y sudorípedo se sentó en mi cabeza y me obligó a huir de la cama. Descubrí algo muy importante y cuando quise recitar mi hallazgo mi boca fue tapada con una manzana por dos agentes del servicio secreto soviético, quines me pidieron que no parara de hacer palmas a ciento veinte pulsaciones por minuto para poder entrar en resonancia con Marte. Cerré los ojos y al abrirlos me encontré delante de dos gemelos americanos vestidos de Armani quienes me entrevistaron inversamente con tal de comprobar mi validez para el puesto de abridor de puertas. Pregunté por mis estudios y respondieron que yo no tenía estudios dado que era un inútil que había pasado toda su vida rompiendo plástico y entonando melodías festivas. Quise gritar tanto que mi boca no emitió ningún sonido tras lo cual desperté en un campo de minas rodeado de vacas. Una de ellas me miró de forma sexy y exclamó que yo era demasiado feo y no daba la talla. Mi rabia la empujó los centímetros justos para hacerla explotar y en un torrente de leche me ahogué. Un momento más tarde me encontré en un bar atendiendo a una abuela tuerta que nunca acertaba a poner las monedas en mi mano, tuve ganas de vomitar y mi rabia me empujó a establecer un precio arbitrario al producto que estaba sirviendo.

Sobre la esencia

Fue en el día en que descubrí la esencia de la vida. “Yo voy a ser inmortal” le dije a mi compañero de pupitre. “Eso es imposible” me dijo él, pero yo ya sabía que lo era. Cuando tenía seis años dibujé una máquina del tiempo y decidí que cuando fuera lo suficientemente grande y sabio la construiría y la usaría para volver a mi infancia y así perdurar para siempre. Ya en ese momento sentí que siempre había dibujado esa máquina. Mi vida se desarrolló como un trazo de colores, improvisada pero profundamente planeada. Busqué entornos acogedores en los cuales perdurar y otros más hostiles de los que aprender. Viví con Aisha el trozo de vida que nos tocaba vivir y me despedí de ella sabiendo que la volvería a conocer. Cuando nos despedimos ella se apagó, yo le cogí de la mano y le dije: “Esta mano siempre te cogerá en este preciso momento y nos recordará que en nuestra vida hubo algo mágico y conmovedor, finito pero eterno en esencia”. Al final, o al principio, yo fui suficientemente grande y sabio, construí mi máquina del tiempo y viajé al día en que descubrí la esencia de la vida.  “Yo voy a ser inmortal” le dije entonces a mi compañero de pupitre [...]

Magia

Yo era un músico de Oregon y ella una artista irlandesa, y ambos coincidimos en Nueva York. Durante Enero y Febrero tuve la oportunidad de colaborar con ella en un proyecto musical vanguardista. Solíamos reunirnos en un local antiguo del Bronx donde además de trabajar compartíamos largos momentos de ocio despreocupado.

Holly repetía una y otra vez una toma vocal hasta quedar satisfecha con el resultado mientras yo la admiraba y pensaba que tenía un acento y una gesticulación graciosa. En una de aquellas sesiones empecé a vislumbrar la magia cuando conseguimos contactar con James Brown a través de una sesión de ouija.

En primavera me enamoré de Holly y ella de mí, y apareció la telepatía entre nosotros. Para experimentarla solíamos encerrarnos en una habitación oscura y pensar en una figura que podía ser un cuadrado, un triángulo o un círculo. Con la precisa concentración, éramos capaces de pensar siempre en la misma figura sin comunicarla al otro. Eso proporcionó grandes ventajas a nuestra vida diaria. Por ejemplo, si yo pensaba en ir a ver una película al Film Forum, estaba seguro de que ella también tendría la misma idea, así que bastaba con desplazarse hasta el 209 de Houston Street con suficiente antelación y esperar a que viniera.

En esa época solíamos frecuentar mucho el Lemon Lounge los sábados por la noche y allí conocí a un hechicero mejicano. A través de una mirada y de algunas palabras me transmitió un mensaje muy importante: yo y Holly estábamos conectados kármicamente en multitud de vidas pasadas y por lo tanto éramos almas gemelas.

Durante el verano nuestras vidas se hicieron si cabe aun más compatibles. Nos fuimos a vivir a Manhattan y empezamos a actuar frecuentemente en los clubes nocturnos de la zona. Estábamos envueltos en una vida azarosa y caótica con retazos de hedonismo y algún que otro punto de frivolidad, – reíamos, dormíamos e improvisábamos mucho – éramos felices y precisábamos de muy poco para serlo.

Empezamos a experimentar con la magia de forma más frecuente. Descubrimos que podíamos curar y prevenir enfermedades de forma milagrosa, que podíamos dormir poco aun conservando el mismo estado físico y mental y que podíamos inducir largos estados de trance durante los cuales el tiempo parecía no transcurrir.

En dos ocasiones viajamos a Irlanda. Allí nos convertimos en hechiceros expertos e hicimos frente a duendes hostiles. Descubrí que Holly era una dríade (hada de los bosques) que había huido de su tierra natal para descubrir el mundo y con esa revelación aprendí a vivir un viaje permanente con ella.

En otoño Holly enfermó. Ninguno de nuestros poderes parecía ser efectivo contra tal enfermedad. Entonces conocí a un chamán de Queens que me aconsejó buscar la solución en las estrellas. Tras muchos días de investigación y un viaje a Méjico adquirí finalmente un astrolabio y llevé a Holly a Central Park a la hora precisa. Justo en el momento en que el Sol entró a Escorpio besé a Holly y el día siguiente se curó.

Durante el mejor año de mi vida descubrí la existencia de la magia. Fue el año en que conocí a una chica extraordinaria llamada Holly.