Entonces subí al tren y busqué el mejor sitio para sentarme, es decir, el único asiento de ventana que quedaba libre. A mi lado siempre había una chica desconocida y misteriosa que inmediatamente respondió a un pensamiento: “He dejado este sitio libre para ti, sabía que ibas a subir. Ahora seguiremos hablando y en un punto exacto del viaje aparecerá un perro que bailará y cantará con acento ruso.”, lo cual me pareció razonable y asentí, sin aportar nada más. Consulté mi reloj de mano y observé que en su pantalla aparecía una pregunta: “¿Has hecho el hecho?”, de modo que supe que iba a llegar tarde a la oficina y maldecí alternada y conjuntamente mi trabajo, la rutina, la realidad y la existencia en general.
Mi compañera de viaje quiso parar el tren, y así sucedió. Me ordenó que llamara al servicio secreto soviético a la vez que me entregó un teléfono antiguo para tal propósito. Cuando marqué cualquier número, me di cuenta de que al otro extremo de la línea también estaría yo, y que quizá no sabría preguntarme y responderme a mí mismo de forma coherente, así que el teléfono desapareció. En ese momento la chica misteriosa ya se encontraba lejos y me aconsejó que corriera, aunque por mucho que me esforzaba no conseguía avanzar más que algunos centímetros. Mientras esto sucedía, una voz vieja y punzante canturreaba la internacional, y empecé a sentir escalofríos. Delante de mí pude ver a la chica del tren subida en un escenario, y traté de concentrarme en su discurso: “Todo es un sueño. Es mi sueño. No teneis entidad propia porque vuestra existencia depende de mi subconsciente. Vuestros movimientos y actos están planeados y tienen el fin de satisfacer mi cerebro. Ahora uno de vosotros se sentirá mal porque querrá tener entidad propia”.
La plaza llena de gente murmurando, una revelación extraordinaria, un cohete espacial soviético en el cielo y un cuervo en mi ombro. Todo en perfecta sincronía y normalidad. Y sin embargo me sentí tan extraño que por un momento tuve ganas de llorar. En ese preciso instante apareció la mujer misteriosa y me abrazó; todo estaba planeado. Yo le confesé que no quería saber la verdad, que no me importaba la libertad y que lo único que quería era seguir con mi existencia pequeña y normal, a lo que ella no contestó.
Entonces seguí su dedo que apuntaba a un perro bailar y cantar con acento ruso, y probablemente desaparecí.
0 respuestas hasta el momento ↓
Todavía no hay comentarios... Empiece usted rellenando el siguiente formulario.