Arte y despropósitos

La cruel aleatoriedad

Junio 18, 2009 · Dejar un comentario

I: “Dar la cara”

De repente el mundo se vuelve raro. Yo sigo en el mismo sitio caminando a la misma velocidad hacia el mismo lugar pero por alguna razón que desconozco, el mundo se ha vuelto extrañamente raro. Parecería que los viejos muros urbanos se han llenado de más vida que la que sus estampados dibujos revolucionarios les proporcionaran. Ahora hasta hablan y se dirigen a mí, advirtiéndome de que una ráfaga de viento demasiado fuerte les destrozaría por completo, arrollando incluso a algún ser humano que pasara por ahí. Tal crueldad me desconcierta y me pregunto si acaso es el Diablo y no Dios el que juega a los dados.

“¡Maldito sea el día en que el mundo, además de cruel, se volvió extraño!” – grito al azar del viento apresurado. Entonces una rata que ya iba a introducirse en las profundidades del subsuelo me mira y contesta a mi proclama: “¡Zafio humano! ¡Peor es ser rata y sufrir cada vez que quiero resguardarme en el alcantarillado la incertidumbre de no saber si un vil pié me pisará la cola y aguardará un tiempo aleatorio a que sufra la incomodidad de ser humillada por una especie superior!”. Efectivamente, lo triste y lo incierto se encuentra en todas partes como muy bien había señalado mi peluda amiga.

Al cruzar la esquina para seguir dirigéndome a mi certero destino me encuentro con un hombre que, a pesar de caminar tan certeramente como yo, presenta la inusual ausencia de un elemento fundamental de la anatomía humana: la cara. “Es cierto que ya no tengo cara” – me dice. “Sabrá que hay un momento clave en la vida en que uno, finalmente y sin más excusa, tiene que dar la cara”. “También es cierto que la vida sin cara no supone una incomodidad grave, ya que en el mundo moderno casi nadie mira a la cara”. “Usted lo hizo, y por eso notó que me faltaba la cara”. “Entonces yo le conté que en la vida, tarde o temprano, hay que dar la cara”.

II: “El autobús”

Hay momentos en esta vida en que uno quiere ser pionero de algo. ¡Quién sabe si acaso son nuestros más primarios instintos los que nos hacen desear coger cualquier utensilio para romper cualquier cosa! Los nervios me absorben mientras espero en soledad a que venga el autobús que me llevará por la ruta planeada. Cuanto más nervioso estoy, más tiemblo y más vueltas doy sobre mí mismo, hasta llegar al punto en que realmente no se podría distinguir a una peonza grande de mí. “Lo que más odias no es que no venga el autobús, sino el hecho de no saber a ciencia cierta cuando vendrá” – me dice el conductor del autobús que ya había llegado.

Y del autobús sale una señora mayor que apenas cabía dentro. Lleva una falda de flores, le cuelgan joyas brillantes, viste jersey de punto, y apenas alcanzo a verle la cabeza. “Hay señoras como yo que no llevan bien la edad. No saben aguantar el crecimiento. Yo siempre he tenido una actitud positiva hacia la vida, por eso cada día soy mayor que ellas. Pronto seré tan grande que ya no cabré en este mundo y mi presencia será tan invasiva que deberé abandonarlo”. Y concluye: “Para la familia, la gente mayor es una carga”. Y en su caso ésto era bien cierto.

De repente el mundo se vuelve raro y la narración parece volver a su comienzo. El conductor sale del autobús para fumar un cigarrillo y yo imagino que me apodero del vehículo. El giro narrativo consiste en conducir durante el camino de vuelta, y como es un camino de vuelta, llevaré el autobús siempre marcha atrás. Arranco el autobús, pongo la marcha atrás y acelero. A mi lado hay ahora una chica que me habla: “Soy la Estadística pura. Debo decirte que según mi propia persona estás corriendo un riesgo muy alto de sufrir algún tipo de accidente y lastimar a los pasajeros de tu autobús”. Me sigue hablando y me habla de probabilidades y cifras mientras yo intento no chocar contra ningún contenedor. En la calle brilla el Sol y se oyen gritos inusuales despertando árboles caídos que prácticamente habían renunciado a la existencia monónotona en un ambiente tan aburridamente contaminado. Al lado de Estadística pura se suma ahora otra señora que comienza un discurso paralelo: “Soy la Razón y sólo vengo a repetirte que te estás equivocando una y otra vez hasta que vuelvas a hacer algo razonable con tu vida”.

III: “El Elemento Cuántico”

Tras la Razón aguarda el Subconsciente Freudiano que me susurra constantemente: “Estás conduciendo marcha atrás debido a que tu sexo está reprimido”. Y trás él, está el Elemento Cuántico para explicarme que existen más posibilidades de que el autobús se evapore esporádicamente que de la creación de un agujero negro en un acelerador de partículas. La marcha atrás es la que tiene más potencia de un vehículo, es por eso que el autobús pudo subir la rampa de lo imposible y tras dar una vuelta entera, se evaporó.

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