Arte y despropósitos

Microrelato sobre jazz y economía que acontece en el edificio más alto del mundo

Junio 18, 2009 · Dejar un comentario

El atardecer en el edificio más alto del mundo parecía no tener fin. Llevaban ya más de un año reunidos y todavía no habían conseguido vender el producto. De esa habitación no saldría ninguno de ellos hasta que todos hubieran vendido el producto, y sólo ellos podían comprarlo. Cada comerciante quería sacar beneficio de la operación, y así la reunión se alargaba indefinidamente.

- Es un sinsentido: los tres están mirando el producto esperando a que alguno de ellos quiera comprarlo. – decía alguien en el bar de la penúltima planta. Éste hospedaba una jam session de jazz famosa. Músicos de todo el mundo asistían a ella para hablar con su instrumento de lo que habían estado estudiando en los últimos meses. Siempre había música sonando, y ya nadie recordaba qué tema se estaba interpretando. Sonaba un blues en Fa tipo Billie’s bounce, pero bien podría haber comenzado siendo un calypso o cualquier otro estilo. En el escenario había llegado a haber hasta treinta saxofonistas tocando simultáneamente que llevaban tapones en los oídos para escuchar sólo lo que ellos mismos tocaban. A menudo los músicos se retaban y podían pasar días enteros alternando frases de cuatro compases. Nadie podía juzgar el enfrentamiento: algún aficionado nocturno diría que el chico de gafas estaba tocando con más precisión mientras que la señora del mediodía opinaba que el hombre de pelo corto tocaba con más frescura. Ambas frases estaban registradas en la carta de “comentarios musicales estereotipados” que se encontraba disponible en cada mesa y que resultaba de extrema utilidad para empezar una conversación.

Una vez asistió a la jam session el mejor pianista del mundo. Era capaz de tocar cualquier cosa. Alguna vez le habían colocado un dibujo delante suyo y lo había interpretado con absoluta perfección y maestría.
- Todo lo que toca y tocará está escrito y se puede consultar en la biblioteca subterránea de improvisaciones – dijo un anciano. Entonces un estudiante bajó apresurado a la biblioteca con la genial ideal de consultar su último solo de jazz. Su sorpresa fue mayúscula: “¡Es lo mismo que acabo de improvisar en la jam session!” – y fue entonces cuando un funcionario le clavó un bolígrafo en la espalda y murió en el acto.

En el edificio más alto del mundo había gente que siempre se comunicaba por teléfono móvil.
- ¿Has oído lo del estudiante?
- Es increíble.
- Sí. ¿Nos vemos?
- Vale. ¿Bajas?
- Sí.
- Yo voy subiendo.
Pero no se encontraban y cuando uno estaba arriba y el otro abajo se volvían a llamar.

El recepcionista del edificio más alto del mundo se había quedado sin trabajo. El edificio era ya tan alto que contenía a todo el mundo. Para no aburrirse demasiado, él mismo salía y volvía a entrar del edificio, tocaba el timbre y esperaba a atenderse él mismo. En ocasiones bebía de más y trataba de sacar a la fuerza a alguien del edificio. En uno de éstos arrebatos llegó hasta la última planta y quiso expulsar a los tres comerciantes. Pero al entrar en la habitación de reuniones se encontró con un mar de billetes que la inundaba. Alguno de ellos se había decidido a comprar el producto, ¡Pero ahora estaban atrapados en una espiral eterna de especulación! Cada uno lo adquiría para venderlo un poco más caro y así el producto incrementaba su precio hasta el infinito.

Todos los músicos de jazz estaban tocando al mismo tiempo. Ya no había público, tan sólo destrozo y estropicios. Las ondas y el peso del dinero pudieron con los fundamentos del edificio más alto del mundo, que se derrumbó entero.

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